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A medio camino

Jesús Flórez
Catedrático de Farmacología
Asesor Científico, Fundación Síndrome de Down de Cantabria
Presidente, Fundación Iberoamericana Down21

Es frecuente que las promociones de las distintas carreras universitarias celebren de manera especial su 25º aniversario. Y nada hay más gratificante para un profesor que el que sus alumnos, pasados veinticinco años, le sigan recordando y le inviten a participar y exponer algunas ideas en ese rato de especial convivencia. No vale entonces el chascarrillo o alguna vieja anécdota. Se adivina que el antiguo alumno, ya curtido y habiendo recorrido aproximadamente la mitad de camino de su vida profesional, espera algo más que le ayude a enfilar su segunda andadura. Por eso es lógico que el viejo profesor, que sigue reconociendo las caras de sus discípulos aunque se encuentren un poco más curtidas, desee aprovechar esa oportunidad, que quizá sea la última, para expresar sus últimas confidencias.

Llega cada uno a este encuentro cargado de experiencia, de momentos brillantes y de otros que no lo fueron tanto, de satisfacciones —y quizá también de desencantos— en todos los órdenes de la vida... Por eso parece justo que éste sea el momento en que uno empiece a decir: “Yo ya estoy de vuelta”. “Ya conseguí lo que quería, ahora me toca estar tranquilo y limitarme a disfrutar de lo que he sembrado: en la vida familiar, en la vida profesional, en la vida social”.

Pues va a ser que no. Va a ser que nos toca seguir “yendo de ida”. Va a ser que nos toca seguir sembrando; porque aquellos principios, ilusiones, ideas, sueños que suscitaron nuestra decisión de estudiar medicina —en nuestro caso— y de hacernos médicos no han variado ni un ápice. Es posible que hayan perdido parte de su brillo original pero las personas nos siguen necesitando, y nuestro sentido de responsabilidad nos sigue exigiendo que les cuidemos y les atendamos con el rigor y el esmero que poníamos en nuestros primeros años. La necesidad de conocer más para servir mejor sigue siendo el mismo principio que nos encandiló en los años juveniles. Más aún, la sociedad —en el mundo de la práctica clínica o de la ciencia biomédica— cuenta ahora con nuestra experiencia para que la sirvamos con más eficacia.

Considero que es precisamente la década los cincuenta años la más trascendental de nuestra vida, a tenor de lo que ha sido mi propia experiencia. Porque nuestra mente generadora de ideas y de proyectos sigue siendo poderosa e imaginativa; sólo que ahora hemos acumulado y disponemos de muchos más resortes puestos a disposición de esa prodigiosa área cerebral donde se asienta la que llamamos función ejecutiva. Y por otra parte, mantenemos todavía el vigor físico que nos permite llevar a buen término el final de los proyectos.

Así, pues, ¿cuál es el único motor que nos hace falta mantener siempre a punto? Mantener la idea clave de la vida como servicio. Desde la libertad personal mantenemos una esperanza proyectada hacia el exterior de nosotros mismos, que nos mueve al compromiso de servir a quienes están a nuestro alrededor —familia, pacientes, alumnos, sociedad— con auténtico espíritu de servicio.

Con ocasión del homenaje que la Universidad y el Gobierno de Cantabria rindieron el año 2002 al Prof. Juan Jordá, profesor de Medicina y a quien la muerte le alcanzó prematuramente en su etapa más vigorosa como Rector de nuestra Universidad, me tocó representar a todo el estamento universitario en un solemne acto académico en el que diversos segmentos de la sociedad cántabra ofrecieron sus reflexiones. Y en esa ocasión no dudé en afirmar que «la Universidad no es, si no es servicio. Pero esto no es singular ni único. La vida —nuestra vida, la de todos y cada uno de quienes somos— no es, si no es servicio. Porque mirémoslo como queramos, no somos auténticos, no gozamos de lo que somos, si no servimos».

Pues bien, reconozco que quienes hacemos Universidad no somos capaces muchas veces de transmitir abiertamente este espíritu a nuestros discípulos, ni de palabra ni de obra. Pero ello no nos exime de la obligación de aprovechar las oportunidades que se nos ofrecen para expresarlo y ofrecerlo abiertamente.

Soy plenamente consciente de que, en ocasiones, la vida es dura. Y muy dura y llena de problemas. Problemas personales de todo tipo, profesionales, familiares y sociales. Problemas que con frecuencia nos dejan rasguños y, en ocasiones, profundas cicatrices en nuestro espíritu que nos van minando a lo largo de los años. Por eso nos resulta necesario más que nunca que hagamos un alto en nuestro camino y reflexionemos sobre las razones o la razón de nuestra más radical existencia. Tanto me da que lo hagamos desde la perspectiva de la inmanencia como de la trascendencia: cada uno elige su propia filosofía vital. Pero desde una u otra perspectiva, se impone la necesidad de que reconsideremos nuestra realidad existencial como un don: el don de nuestro propio cuerpo, el don de la razón, el don de la libertad, el don de la conciencia. He ahí las cuatro grandes fuerzas con las que contamos para avanzar contra viento y marea en la travesía personal e intransferible de nuestra vida.

Para ello recomiendo como receta —que al menos a mí me ha sido útil— que adoptemos siempre la actitud de estar en disposición de... A la espera de lo que la vida nos depare o exija, pero siempre con el ánimo de afrontar positivamente cada nueva situación, que unas veces será agradable y otras veces desagradable. Pero en lugar de asistir o esperar pasivamente a ver qué nos llega y dejarnos abatir, tengamos siempre el ánimo y la disposición de afrontar cualquier novedad sin que afecte al núcleo más íntimo de nuestra existencia y de nuestro proyecto de vida.

Ante el panorama desolador que algunos nos ofrecen como “modas de la época actual de nuestra sociedad occidental”, contrapongo la visión del Ernest Bloch cuando afirma que la sociedad de nuestro tiempo necesita soñadores que tuvieran sueños diurnos, que, a modo de utopías motoras, de ideales animantes, nos pusieran de puntillas y en marcha hacia la esperanza. Sueños que, además, son perturbadores porque aguijonean a los otros, no dejan instalarse en un cómodo y placentero presente, sino que recuerdan que es posible vivir de otro modo. Esos sueños diurnos son sueños que escuecen, pero que sanan. Es preciso que volvamos a decir y oír en un mundo cada vez más acostumbrado al no: esa palabra breve, seca, amarga, triste, que distancia, separa, rechaza, que suena como un portazo. Aprender a decir al mundo y al hombre, aunque a veces decir ese produzca un poco de desgarramiento y despojo; y enseñar a otros a decirse recíprocamente.

Un último apunte. El médico, en virtud de su especialísima condición sanadora, se convierte además en un ejemplo para los demás. La constatación del poder del ejemplo en la vida de los otros —afirma nuestro filósofo Javier Gomá— nos impone el deber de responder personalmente de nuestras vidas y debe suscitar en lo íntimo de nuestras conciencias un imperativo categórico que dice: «Sé ejemplar»; conviértete en un ejemplo fecundo para los demás, ejerce en ellos una influencia emancipadora y civilizadora, invítales con tu vida a reformar la dirección de la suya. Y es que la ejemplaridad se ha convertido en la necesidad más perentoria de la sociedad española.

 
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