Ciencia y amor,
de la mano
Jesús Flórez
Catedrático de Farmacología
Asesor Científico, Fundación Síndrome
de Down de Cantabria
Cuando un año concluye y el siguiente asoma,
se nos habla mucho de esperanza. Pero el ciudadano medio,
curado ya de espanto y con toda la vieja experiencia
de una cultura más que milenaria, se pregunta
si quedan razones para seguir cultivando la esperanza.
Y sin embargo leo recientemente que sólo la esperanza,
una esperanza fiable, nos permite afrontar nuestro presente
y confiar en el futuro; que resistimos y aceptamos el
presente, aunque sea duro y fatigoso, porque mantenemos
la convicción de que nos lleva hacia una meta,
y que esa meta es tan rica que bien justifica el esfuerzo
del camino.
Es fácil que a quienes trabajamos en el campo
de la discapacidad nos cunda el desánimo cuando
vemos la lentitud con que la realidad social avanza,
o las dificultades que los individuos han de superar,
a veces desde que nacen hasta que mueren. ¿Cómo
fomentar esa esperanza?
La conciencia personal y vivida acerca de los avances
y progresos que realizan y consiguen las personas con
discapacidad marca nuestra presente actitud. Una actitud
que se reafirma en la evolución de cada día,
y que da soporte y argumento a nuestras actividades
que unas veces son gozosas pero otras son fatigosas
y fatigadas. La ciencia médica nos está
proporcionando recursos para que nuestros hijos gocen
de una salud cada vez más rica y estable. La
ciencia de la educación y la pedagogía
nos está dotando de herramientas para utilizar
mejores sistemas de un aprendizaje más rico en
contenidos y más estable en su expresión.
La ciencia de la psicología nos ilustra sobre
el modo de entender la personalidad con sus múltiples
variantes y de mejorar las habilidades y el comportamiento
en el maremagno de la compleja sociedad en la que vivimos.
Nos gusta y nos agrada mucho recibir ideas que enriquezcan
nuestro conocimiento. Ahora bien, nos lo han dicho muy
claro: “No es la ciencia la que redime al hombre,
el hombre es redimido por el amor”. Entiendo el
término “redimir” en clave de autenticidad:
redimir al hombre es hacerlo más auténticamente
humano. Y eso, quienes vivimos con personas con discapacidad,
lo sabemos muy bien. No basta conocer, aceptar y aplicar
los datos científicos si no sabemos introducir
una y otra vez en su aplicación el componente
indispensable e insustituible del amor. Eso es lo que
nos da auténtica fortaleza, disponibilidad permanente
para superar las mil dificultades que comportan la crianza
y educación de nuestros hijos. Eso es lo que
permite atender a su salud y a su educación en
condiciones a veces penosísimas y extremas. Eso
es lo que permite que, cuando resulte necesario, nuestras
manos se conviertan en parte de las suyas, y nuestro
cerebro se funda con el suyo para ayudarle a pensar,
razonar y aprender. Es ese amor el que nos da fuerzas
para acudir a una reunión en la que quizá
estamos en desventaja porque hemos de discrepar de las
opiniones de los “expertos”.
Vean lo que me escribió recientemente una madre:
«Próximamente tendré la reunión
con todo el equipo: orientador, trabajadora social,
AL, PT, cuidador y espero que también acuda
la tutora. Me la estoy preparando con un guión
de cosas que tengo muy claras y que me gustaría
transmitirles, lo quiero hacer de buena fe, sin enfrentamientos,
sin tener que acudir a leyes, imposiciones ni nada
por el estilo que sé que acabaría posicionándonos
en bandos, y dejaríamos de vernos como colaboradores...
pero quiero también manifestar firmeza, para
que hagan por cambiar aquello que no es positivo para
mi hija. Quiero relativizar la situación, sé
que la etapa escolar es larga y que sería muy
difícil encontrar siempre un profesorado concienciado;
hasta ahora he tenido suerte, pero me llena de impotencia
encontrarme con una situación así. Lo
que verdaderamente querría sería convencer,
además de que entendieran que mi hija tiene
unos derechos y ellos unas obligaciones para con ella
que vienen marcados por ley, y a lo cual uno no puede
objetar conciencia moral personal, porque crea o deje
de creer en la integración; lo tiene que cumplir
y hacer su trabajo. Yo soy funcionaria, y trabajo
codo a codo con políticos, y por supuesto no
siempre me gustan sus actuaciones, pero dentro de
mi trabajo tengo que cumplir con mis obligaciones.
Ellos han de tomar su responsabilidad, buscando estrategias
para sacar de ella todo lo mejor; el resultado del
trabajo no lo pueden hacer depender sólo de
la alumna. Máxime cuando yo puedo aportar mi
experiencia cuando trabajo en casa con ella, que es
absolutamente positiva.»
Eso es auténtico trabajo de orfebrería
que convierte la rutina del conocimiento profesional
en el empuje expreso y concretamente aplicado a una
circunstancia personal. La madre no se excluye, no se
limita a reivindicar lo que considera que es su derecho
sino que, con amor, se ofrece a aportar su experiencia
comprometida. Quiere, eso sí, exprimir toda la
riqueza que ella descubre en su hija e infundir en los
profesionales que le atienden el entusiasmo y la convicción
de lo que, juntos, pueden conseguir.
Conocimiento y progreso, sí. Pero por encima
de ambos, cubriéndolos y transformándolos,
el amor indestructible como base de nuestra esperanza,
una esperanza que consigue que nuestro presente se proyecte
hacia el futuro. El hecho de que este futuro exista
hace que, con amor, consigamos cambiar el presente. |