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Temple, resiliencia

Jesús Flórez
Catedrático de Farmacología
Asesor Científico, Fundación Síndrome de Down de Cantabria

Hay una palabreja que se va difundiendo cada vez más profusamente en la jerga de los psicólogos, siempre prestos a fagocitar y españolizar sin remilgos cualquier término inglés novedoso cuyo concepto les satisfaga porque cumple un claro propósito. Se trata de la resiliencia. La primera vez que la oí acudí al diccionario de la RAE en donde, por supuesto, no la encontré. Me fui al diccionario de inglés-español en donde, claro está, ahí figuraba: resilience. Su traducción decía: elasticidad; en el ámbito de la mecánica, resiliencia. Supe después que es un término que expresa un concepto muy valorado en el mundo de la mecánica de los materiales para indicar una importante propiedad. La resiliencia representa la capacidad del material de absorber y liberar energía dentro del intervalo de comportamiento elástico. Mide, pues, su capacidad para absorber energía elástica lo que le dota de resistencia al choque, de no fragilidad.

José Antonio Marina, en su última actualización de la obra ‘Aprendiendo a vivir’ escribe: «Últimamente se habla mucho en la literatura psicológica de la resiliencia, que es la capacidad de resistir situaciones muy adversas, y de recuperarse de ellas». Yo creo que, en términos psicológicos —con el permiso de los expertos, sean físicos o psicólogos?, resiliencia puede indicar un paso más: no sólo resistir situaciones difíciles y recuperarse o sobreponerse, sino resistir, sobreponerse y afrontarlas con determinación saliendo fortalecido de ellas, superándolas. El espíritu humano resiste pero, como el buen material, basándose en su elasticidad interior aporta una acción positiva, un vigor que mejora la realidad. Hay un término clásico español que quizá defina la resiliencia: el temple. Hay un temple de ánimo como hay un temple de acero que combina sabiamente la dureza con la elasticidad.
Cuando una familia entra en contacto con la discapacidad intelectual y se ve en la necesidad de afrontarla —porque o lo hace ella o no lo hace nadie— se ve en la necesidad de desarrollar su temple; es decir, su capacidad de resistir con paciencia ante lo que, en principio, se presenta como una seria adversidad, y de actuar con determinación a lo largo de toda una vida. Temple como actitud de base, y temple en cada una de las mil circunstancias y momentos que van a ponerle a prueba. Eso, en definitiva, es lo que le va a capacitar para poner en juego las dos clases de valentía que distinguía Platón: el coraje de emprender y el coraje de perseverar, los cuales, siguiendo a Marina, son los componentes de la fortaleza.

El inicial desconcierto familiar ante la irrupción de la discapacidad en su seno tiene que ser convenientemente manejado. Es entonces cuando se ha de sustanciar el temple de la familia, liderado esencialmente por la madre y el padre pero secundado por los demás miembros en la medida de sus circunstancias personales. Ya no es sólo resistir ante una eventualidad que se presenta ante ellos con tintes absolutamente desconocidos y tenebrosos, sino responder de tal modo que se inicie un nuevo compromiso: dotar a ese ser que se incorpora a la familia de los mejores atributos posibles. Pero esa vida nueva es una vida en desarrollo, con altos y bajos, con necesidades siempre nuevas; de ahí que el compromiso ha de ser repetidamente renovado y eso exige incorporar la insustituible virtud de la paciencia perseverante, que nada tiene que ver con la resignación ciega, pasiva e inerme, sino con la energía capaz de emprender y reemprender, de mantener el empeño pese a cualquier dificultad.

No menos importante es el cultivo de ese temple en el caso del cuidador no familiar: el profesor, el profesional ocupacional o el sanitario. Aunque no se puede generalizar, a diferencia de la familia, el cuidador afronta la discapacidad intelectual desde una posición diferente. Va hacia ella voluntariamente, incluso muchas veces vocacionalmente y, si las cosas se plantean bien, va provisto de una formación y de una base de conocimientos y de recursos que previamente ha adquirido. Pero el trabajo constante y pertinaz, la escasez de resultados inmediatos como tantas veces ocurre, la variedad de circunstancias imprevistas y la dificultad real de muchas situaciones son capaces de enfriar y bloquear las intenciones mejor motivadas. Por eso requiere conservar, cuidar, vigilar y ejercitar su propio temple que de forma implacable lo pone a prueba. No hay resiliencia capaz de evitar que un material sometido a tensión impropia acabe por quebrarse.

La pregunta que nos debemos hacer es si nuestros actuales sistemas educativos, nacidos del ambiente cultural que nos impregna, son lo suficientemente clarividentes como para promover en nuestros niños y en nuestros jóvenes el desarrollo de estos valores ?temple, constancia, paciencia, fortaleza? que vamos a necesitar a lo largo de nuestra vida, o si el cultivo de determinadas virtudes fundamentales para mantener la esencia y convivencia humanas es considerado tarea arcaica y pazguata. Se trata de valores que forman parte de todo un elenco de recursos personales que ayudan a construir la felicidad, la nuestra y la de los demás.

¿Se nace con temple o se adquiere? Plantear este tipo de alternativas que a primera vista pudieran parecer incompatibles es fórmula en buena parte superada. Porque en cualquiera de los casos se necesita educación: enseñar y practicar. Es cierto que el niño es el real protagonista de su desarrollo pero en nosotros está el ayudarle a desarrollar una personalidad inteligente. Y eso es responsabilidad de todos. Lo que sucede es que malamente podremos transmitir lo que nosotros mismos no poseemos ni practicamos.

 
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