INTEGRACIÓN
LABORAL
La inserción de los jóvenes con síndrome
de Down en el mundo del trabajo se ha convertido en
la prueba de toque que evalúa la eficacia del
trabajo realizado por todos los actuales programas de
formación y apoyo del niño y del adolescente.
Toda la magia de la integración puede quedar
arrumbada si el joven, al término de su etapa
escolar, vuelve a su casa sin un trabajo que realizar,
o termina en un programa de segregación laboral.
El Empleo con Apoyo ha venido a continuar, en el mundo
del trabajo, el mismo principio que alentó la
integración escolar con tanto beneficio para
todos.
Segregación laboral
Tenemos una tendencia innata a segregar. Es decir,
a separar, diferenciar, apartar, marginar... y arrinconar.
Es un mecanismo natural, biológico, de defensa
frente a algo o alguien que amenaza o perturba nuestra
tranquilidad. Lo hacemos con las ideas, lo hacemos con
los recuerdos, lo hacemos con las situaciones, pasadas
o previsibles, y lo hacemos con las personas. Este mecanismo
no es sólo propio del individuo; lo es también
de los conjuntos sociales. Y no es necesario insistir
en que el conjunto de las personas con discapacidad
ha sido y sigue siendo el grupo que permanentemente
es más marginado. Pero la sociedad – es
decir, muchos de los individuos que la componen –
se esfuerzan y trabajan sistemáticamente por
incorporar a las personas con discapacidad plenamente
en las normales estructuras sociales, haciéndoles
beneficiarse de todas las posibilidades que la sociedad
ofrece al resto de los ciudadanos. Se ha afirmado que
las personas con discapacidad forman un nuevo contingente
dentro de esa larga marcha a favor de los derechos civiles,
y que como tal es probablemente el avance moral más
importante del siglo veinte.
Es cierto que, en ocasiones, la separación y
la agrupación segregada de ciertas personas con
discapacidad ha sido y sigue siendo necesaria. Ha rendido
y rinde excelentes frutos para el propio individuo y
para la sociedad. El problema estriba en que nos hemos
acostumbrado tanto a ella, tenemos una tal tendencia
a prescindir de lo que nos molesta o perturba, que hemos
dado por demostrado que la segregación agrupada
es el mejor sistema para afrontar con éxito,
en términos de rendimiento y de eficiencia, la
educación y la vida entera de las personas con
discapacidad.
Sucede, sin embargo, que afortunadamente hay personas
que reflexionan, piensan y actúan. Y lo primero
que se preguntan es si la segregación es útil;
si lo es, para quién; si la persona segregada
realmente se beneficia más y su vida es más
rica; si a la hora de elegir a una persona como segregable,
destacamos sólo sus limitaciones y no apreciamos
sus capacidades; si la segregación estrangula
sus posibilidades reales de desarrollo y crecimiento.
Uno de los deseos más frecuentemente expresadas
por los jóvenes con síndrome de Down es
su inserción laboral. Los interesados lo proclaman,
y quienes han de dar soluciones, desde los directivos
de las asociaciones específicas hasta los políticos,
toman nota y tratan de progresar en la búsqueda
de acuerdos y compromisos satisfactorios.
Aun con las mejores intenciones, la búsqueda
y la organización de soluciones laborales no
han quedado inmunes al riesgo de la segregación
y de la marginación. Es preciso reconocer, antes
de nada, que las soluciones laborales diseñadas
en las últimas décadas para dotar de ocupación
a muchos individuos con discapacidad, y especialmente
la intelectual, han supuesto reales mejorías
en su calidad de vida, satisfacción para ellos
y sus familias.
Pero al mismo tiempo debemos reconocer cuánta
posibilidad de mejora y de cambio ha quedado frustrada
en esos Centros Ocupacionales, Talleres Protegidos,
Centros Especiales de Empleo, empresas subvencionadas
y específicamente organizadas para agrupar a
las personas con discapacidad en su vida laboral. La
rutina, el ambiente poco enriquecedor, la falta de motivación,
la necesidad de rentabilidad, el sueldo irrisorio, las
condiciones poco ajustadas a las necesidades de cada
individuo, la jornada prolongada... son aspectos que
con demasiada frecuencia ensombrecen las buenas intenciones
de quienes organizan esas actividades. Con cuánta
frecuencia vemos que son precisamente los trabajadores
con síndrome de Down los que ocupan los puestos
más bajos y menos promocionados en los centros:
por su lentitud o por sus propias características.
Y es que, si hablamos de integración, vamos
a hablar de integración real que abarca, cómo
no, también la realidad de la empresa y del mundo
del trabajo. El principio fundamental que hemos de enarbolar
y defender es que muchos jóvenes con discapacidad
intelectual, y concretamente con síndrome de
Down, poseen cualidades y aptitudes para desempeñar
puestos de trabajo en la empresa ordinaria, en régimen
de integración plena, lo que significa disfrutar
de los mismos derechos y oportunidades que el resto
de los trabajadores, lo que conlleva también
el cumplimiento de las mismas obligaciones.
Si aceptamos este principio, habremos de actuar en
consecuencia y admitir que la solución más
enriquecedora, la que en principio debemos perseguir,
promover y primar, antes de recurrir a otras, es el
régimen de integración laboral en empresas
ordinarias. Eso ya está inventado y tiene unos
métodos entre los que destaca uno por su eficacia:
el Empleo con Apoyo.
El empleo con apoyo
El programa de empleo con apoyo de las personas con
discapacidad parte de la base de que puede y debe haber
un buen ajuste entre la necesidad laboral de la empresa
y la capacidad del individuo. Una capacidad que, en
principio, puede parecer limitada – puesto que
el individuo tiene discapacidad – pero que, creadas
las condiciones favorables, esa capacidad se desarrolla
plenamente de modo que la tarea es perfectamente realizada
y el trabajador es remunerado de forma proporcionada
a su trabajo.
El proceso es complejo, ciertamente. En primer lugar,
detrás del trabajador tiene que haber una institución
que:
a) conozca con precisión las posibilidades
y condiciones de la persona;
b) analice el puesto laboral en todos sus extremos
(p. ej., tareas, jefes y compañeros de trabajo,
horarios, desplazamientos a la empresa);
c) disponga de la figura del preparador laboral,
un profesional con capacidad para preparar al trabajador
en función de las labores concretas que va
a desarrollar, le acompañe en las primeras
etapas en el puesto de trabajo, estudie sobre el terreno
los problemas que puedan surgir y elabore las soluciones
apropiadas;
d) actúe de mediador permanente entre trabajador
y empresa.
En segundo lugar, la dirección de la empresa
debe tener conciencia de que el proyecto vale la pena.
No ha de actuar, en principio, como instrumento de beneficencia
sino debe ofrecer un puesto de trabajo que considera
necesario para la buena marcha de su negocio porque
cubre una necesidad; consciente, eso sí, de que
lo ofrece a un ciudadano que lo necesita imperiosamente
para conseguir su realización personal, en unas
condiciones que, no siendo gravosas para la empresa,
se ajustan a las necesidades específicas de la
persona.
Debe establecerse un marco de confianza y de complicidad
entre la institución que avala al trabajador
y se responsabiliza del apoyo a su trabajo en todo momento,
y la empresa que lo acoge. Como todo proyecto novedoso,
sólo el exponerlo suscita un cúmulo de
dudas y hasta de rechazo. Estamos tan acostumbrados
a admitir que el sitio natural de un trabajador con
síndrome de Down es el taller protegido o el
centro especial de empleo, que nos parece una pretensión
desorbitada el tratar de implantar y extender la modalidad
del empleo con apoyo. Pero lo mismo sucedió hace
unos años cuando nos decidimos a superar la etapa
de la escuela especial, que era considerada como el
lugar natural y lógico en donde el alumno con
discapacidad intelectual tenía que recibir su
formación escolar. Y recordemos la resistencia
al cambio, y hasta el escándalo en algunos casos,
que suscitó la implantación por ley de
la integración escolar.
Si en Estados Unidos en 1985, año en que su
legislación federal incorporó la posibilidad
del empleo con apoyo para personas con discapacidad,
había 10.000 trabajadores incluidos en esta modalidad,
diez años después había más
de 140.000 trabajadores, y esta cifra ha ido creciendo
de manera imparable. Y es que, aun aceptando la complejidad
del sistema, la realidad es mucho más viva y
prometedora. Nadie mejor para explicarla que quienes
han optado decididamente por buscar puestos de trabajo
en las empresas ordinarias, por convencer a los empresarios
de la bondad y rentabilidad del sistema, y por formar
y apoyar a los trabajadores con discapacidad, incluso
aquellos cuya deficiencia mental puede ser grave.
Hasta tal punto el proyecto es convincente y factible
que algunas empresas terminan por aceptar la responsabilidad
de formar al trabajador discapacitado en su puesto de
trabajo, liberando así al preparador laboral
de esa parte de su tarea. Pero el trabajo de éste
no termina ahí porque, por la propia naturaleza
de la discapacidad intelectual, pueden surgir situaciones
a lo largo de la etapa laboral que pongan en riesgo
la capacidad adaptativa del trabajador y exijan la intervención
y el apoyo de una persona específicamente preparada
para afrontarlas y solucionarlas. Por eso el apoyo es
permanente, aunque en grado diverso según las
circunstancias lo requieren.
Se calcula que en España existen unas 3.000
personas con discapacidad contratadas en empresas ordinarias
a través de los servicios de empleo con apoyo.
La cifra es ciertamente escasa a la luz de las necesidades
y de las posibilidades reales, y aumenta con excesiva
lentitud. ¿Por qué ese estancamiento?
Porque no se ha vivido como una opción más
a las alternativas laborales ya existentes; incluso
se ha podido considerar en las altas esferas como una
opción que podría poner en peligro los
centros laborales tradicionales ya existentes. (Y cabría
decir: ¿Y qué, si eso ocurriera, si la
solución propuesta aventajara a las soluciones
tradicionales?).El hecho es que después de 10
años de existencia del empleo con apoyo en España,
y de demostrar el enorme beneficio que reporta al trabajador
– autoestima, reconocimiento social, rentabilidad
económica, mejoría de la calidad de vida
– no existe una normativa que regule definitivamente
el empleo con apoyo (el real, no los falsos sucedáneos)
por parte del Ministerio de Trabajo y Asuntos Sociales,
cuando otros países de la Comunidad Europea comenzaron
mucho más tarde a aplicar esta metodología
y cuentan ya con una normativa.
Una apuesta decidida
La inmersión de la persona con discapacidad
en el mundo laboral es un derecho que comparte con el
resto de la ciudadanía. En su caso, además,
el verse incorporado en la realidad laboral contribuye
decisivamente a aliviar su limitación, a mejorar
la imagen y estima de sí misma, y a contemplarse
como ciudadana de igual categoría que las demás.
Las cifras estadísticas denuncian con rotundidad
que es la población con discapacidad intelectual
la que más sufre la carencia de trabajo o, si
trabaja, la situación de segregación laboral.
Existe un principio muy breve pero muy significativo:
el término “discapacitado” no debe
identificarse con el de “incapaz para trabajar”.
Por el contrario, los progresos innegables realizados
en el mundo de la educación y de la rehabilitación
de los discapacitados han desvelado las ricas y abundantes
posibilidades que muchos de ellos poseen para cubrir
con garantía un puesto laboral.
La idea que debemos defender es que ha llegado el tiempo
de que se incorporen estas nuevas y más integradoras
formas de empleo, como es el empleo con Apoyo en sus
distintas variantes, que en parte sustituyan a las antiguas.
Dicha así esta afirmación, es posible
que suscite el rechazo de quienes han invertido mucho
esfuerzo personal y económico en la promoción
y mantenimiento de los Centros Especiales de Empleo
y los Talleres Ocupacionales. Es cierto que su papel
y su labor social han sido fundamentales, pero es ya
hora de que la sociedad y los órganos que la
representan y dirigen apuesten de manera decidida por
la integración real del discapacitado. Es decir,
que la Administración española regule
definitivamente el Empleo con Apoyo como forma valiente
de ocupación laboral, como ya lo han hecho otros
países, y establezca un sistema de incentivos
que al menos sea equiparable al que existe para los
Centros Especiales de Empleo.
Esto no supone un coste añadido para el presupuesto
público ya que una misma persona sólo
puede acceder a un puesto de trabajo a la vez: o lo
hace a través del Empleo con Apoyo o a través
del Empleo especial; es imposible la duplicidad de recursos.
Y además, desaparece la obligación de
“reflotar” con fondos públicos aquellos
Centros especiales de Empleo que resultan económicamente
deficitarios.
¿Quiénes se van a beneficiar más
de esa decidida política en el Empleo con Apoyo?
Las personas hasta ahora menos beneficiadas, las que
tienen una discapacidad más segregadora y, a
primera vista, más difícil de atender:
las personas con discapacidad intelectual.
¿Por qué? Porque el Empleo con Apoyo,
por definición, busca la adecuación entre
las capacidades de la persona – que sin duda las
tiene – y las necesidades de cubrir determinados
puestos o servicios en las empresas e instituciones
con capacidad de contratación.
¿Qué aporta? Tengamos presente que el
Empleo con Apoyo no se contrapone a las antiguas formas
de Empleo Especial que, sin duda, siguen siendo válidas
para determinadas personas y situaciones. Lo que hace
es abrir una nueva ventana de acceso al mercado laboral,
mucho más humana e integradora, que se ha mostrado
especialmente eficaz precisamente para la población
que conforma las bolsas más desprotegidas y estancadas
en los Centros Especiales de Empleo: la que tiene discapacidad
intelectual.
Algunos piensan que el empleo del discapacitado en la
empresa ordinaria, con los apoyos y adaptaciones precisos,
ha de ser el referente último al que ha de llegar
el trabajador después de haber sido “formado”
y “capacitado” en un Centro Especial de
Empleo. Esto requiere su matización. Que los
responsables de estos centros se esfuercen, por fin,
en integrar a sus trabajadores en empresas ordinarias
no merece más que aprobación, de modo
que tales centros, lejos de ser el fin de un camino
sin retorno como tantas veces ha ocurrido, se conviertan
en una herramienta eficaz para el logro de un empleo
normalizado. Y para ello han de adoptar una decidida
política de promoción de sus trabajadores,
empezando por garantizar unas condiciones laborales
y unos salarios que no produzcan sonrojo.
Pero el Empleo con Apoyo no tiene por qué ser
“el último escalón” en el
proceso de inserción laboral. Por el contrario,
en lo posible debe ser el primero, la forma habitual
de comenzar la integración en el mercado laboral,
una vez que el joven con síndrome de Down ha
terminado su escolarización y ha sido formado
en los programas de Garantía Social o de características
similares, merced a los cuales se ha podido analizar,
comprobar, promover y potenciar sus reales capacidades
y habilidades.
En las actuales circunstancias, y teniendo muy en cuenta
las condiciones del joven con síndrome de Down,
hemos de apostar por la generalización y estabilidad
de los programas de Empleo con Apoyo. Y eso ha de exigir
el avance decidido en tres frentes:
• La adopción del sistema, tanto por
parte de las nuevas instituciones dedicadas a la discapacidad,
que tienen muy claro el principio de integración,
como de las más veteranas que tienen una amplia
experiencia en las antiguas modalidades de empleo.
• El urgente establecimiento de un marco legislativo
de referencia que regule el Empleo con Apoyo y lo
equipare a las otras formas de empleo (ya existen
iniciativas legislativas en algunas Comunidades como
Navarra, Castilla y León, Galicia).
• La provisión de incentivos que estimulen
la participación de los diversos agentes que
han de intervenir en este proceso: empresas, instituciones,
asociaciones de padres, las propias personas con discapacidad
y sus familias.
No deja de ser un contrasentido que, habiendo sido
promocionado el Empleo con Apoyo en programas específicos
de la Unión Europea, y habiendo sido iniciadas
a su amparo espléndidas iniciativas de dicha
modalidad para los jóvenes con síndrome
de Down en diversas provincias españolas, hayan
tenido que ser ralentizadas por esa falta de marco legislativo
que equipare en términos realistas y presupuestarios
a las demás formas de empleo especial. En la
actualidad su desarrollo está dependiendo del
voluntarismo de una asociación o de la autoridad
laboral de la Comunidad Autónoma, sin que exista
la necesaria continuidad y sistematización que
necesita todo proyecto.
Antonio Pascual ha propuesto los siguientes incentivos
para el Empleo con Apoyo:
• A la entidad promotora: Subvenciones, en
conjunto, de 12.000 euros por puesto, que financiarán
la actividad del preparador laboral durante tres años:
preparación, apoyo y seguimiento en el puesto.
Se establecerá el número máximo
de inserciones simultáneas que un preparador
laboral puede realizar.
• Incentivos al contratador:
- Bonificación del 100 por 100 de la cuota
empresarial total a la Seguridad Social.
- Subvención del coste salarial por un importe
del 50 % del salario mínimo interprofesional.
- Subvención para adaptación de puestos
de trabajo y eliminación de barreras arquitectónicas
no superior a 1.800 euros.
Sean éstos u otros los incentivos propuestos,
lo importante es que el Empleo con Apoyo sea definitivamente
reconocido como medio valioso y necesario en la inserción
laboral de las personas con discapacidad; como medio
que les proporciona intensa satisfacción durante
la mayor parte de su vida, que es etapa laboral; como
medio poderoso que les inserta definitivamente y de
forma integrada en la sociedad a la que pertenecen.
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