CARACTERÍSTICAS
PSICOLÓGICAS
Con independencia de los programas educativos que se
estudien y se apliquen, es conveniente que conozcamos
algunas características o rasgos más acentuados
que pueden mostrar las personas con síndrome
de Down, porque su conocimiento nos ayudará a
adaptar nuestra forma de tratarles, sea como padres
o como profesores.
Es habitual suponer que las personas con síndrome
de Down tienen unas peculiaridades comunes que las diferencian
de los demás. Su aspecto físico invita
también a ubicarlos en un grupo homogéneo.
Sin embargo, la variabilidad existente entre estas personas
es tan grande e incluso mayor que la que se da en la
población general (Pueschel, 2002). Por ejemplo,
los márgenes temporales en que adquieren determinadas
capacidades o hitos de desarrollo como la marcha o el
habla, son más amplios.
Presuponer unos rasgos propios y exclusivos de las
personas con síndrome de Down lleva consigo dos
peligros que suelen acompañar a los tópicos
aplicados a cualquier grupo humano. Por un lado, el
efecto inmediato de etiquetaje o generalización,
que nos llevará a suponer que cualquier sujeto
por el mero hecho de tener síndrome de Down ya
contará con esos atributos, configurando un prejuicio
difícil de superar posteriormente. En segundo
lugar, la creación de unas expectativas respecto
a las posibilidades futuras de esa persona, por lo general,
limitando sus opciones. Está comprobado que las
expectativas que se establezcan sobre su evolución
determinarán en gran medida el grado de desarrollo
que va a alcanzar en realidad.
No obstante, nos parece que existen algunos elementos
comunes en su forma de ser y de actuar, lo que nos permite
describir algunas características propias, distribuidas
en bloques por funciones psicológicas. El objetivo
fundamental de esta descripción es conocer mejor
a estas personas, para proporcionarles los apoyos que
puedan precisar y atender a sus necesidades. Por ello,
en cada bloque se incluirán unas propuestas de
actuación, con sugerencias para responder de
la mejor forma posible a sus peculiaridades. Sin embargo,
conviene insistir en que estas características
no se dan ni siempre, ni en todas las personas con síndrome
de Down, sino que pueden aparecer entre los sujetos
de esta población en distintas proporciones.
Carácter y personalidad
En la bibliografía científica y de divulgación
sobre síndrome de Down se recogen calificativos
que constituyen estereotipos y que han dado pie a la
mayor parte de los mitos que sobre ellas maneja mucha
gente. Se les califica, por ejemplo, de obstinadas,
afectuosas, fáciles de tratar, cariñosas
o sociables. Se dice de ellas que tienen capacidad para
la imitación, buen humor, amabilidad y tozudez.
O que son alegres, obedientes y sumisas. Las anteriores
afirmaciones no siempre están claramente demostradas
y en muchos casos carecen de fundamento. Ocasionan generalizaciones
perjudiciales, que pueden confundir a padres y educadores
y en muchos casos determinan las expectativas que sobre
ellos se hacen unos y otros. Sin embargo, por encima
de estereotipos y coincidencias aparentes, entre las
personas con síndrome de Down se encuentra una
rica variedad de temperamentos, tan amplia como la que
aparece en la población general.
Dejando clara la salvedad anterior, existen unas formas
de actuar que se dan con mayor frecuencia entre las
personas con síndrome de Down y que podríamos
definir como características generales de la
personalidad de estos sujetos. De hecho, su personalidad
y temperamento van quedando bastante perfilados y claros
antes de los 12 ó 13 años.
Algunas de estas peculiaridades son:
a) Escasa iniciativa. Se observa
en la utilización reducida de las
posibilidades de actuación que su entorno les
proporciona y en la baja tendencia a la exploración.
Se ha de favorecer por tanto su participación
en actividades sociales normalizadas, animándoles
e insistiéndoles, ya que ellos por propia voluntad
no suelen hacerlo.
b) Menor capacidad para inhibirse.
Les cuesta inhibir su conducta, en
Situaciones variadas que van desde el trazo al escribir
hasta las manifestaciones de afecto, en ocasiones
excesivamente efusivas. Se les debe de proporcionar
control externo, sobre la base de instrucciones o
instigación física, por ejemplo, que
poco a poco debe convertirse en autocontrol.
c) Tendencia a la persistencia de las conductas
y resistencia al cambio. Por
ejemplo, les cuesta cambiar de actividad o iniciar
nuevas tareas, lo que puede hacer que en algunos casos
parezcan "tercos y obstinados". Sin embargo,
en otras ocasiones se les achaca falta de constancia,
especialmente en la realización de actividades
que no son de su interés. Es recomendable acostumbrarles
a cambiar de actividad periódicamente, para
facilitarles su adaptación a un entorno social
en continua transformación.
d) Baja capacidad de respuesta y de reacción
frente al ambiente.
Responden con menor intensidad ante los acontecimientos
externos, aparentando desinterés frente a lo
nuevo, pasividad y apatía. Tienen además
una más baja capacidad para interpretar y analizar
los acontecimientos externos.
e) Constancia, tenacidad, puntualidad.
De adultos, una vez se han
incorporado al mundo del trabajo, al darles la oportunidad
de manifestar su personalidad en entornos sociales
ordinarios, han dado también muestras de una
determinada forma de actuar y de enfrentarse a las
tareas, característica del síndrome
de Down. Son trabajadores constantes y tenaces, puntuales
y responsables, que acostumbran a realizar las tareas
con cuidado y perfección.
Aunque podemos calificar como características
de personalidad a las anteriormente enumeradas, entendiendo
ésta como una combinación de rasgos heredados
e influencias ambientales, no han de ser consideradas
como inmutables. Por el contrario, se ha de actuar intentando
potenciar las capacidades y habilidades que les puedan
facilitar su incorporación a la sociedad y corregir
aquellos otros que les limiten ese acceso.
Motricidad
Es frecuente entre los niños con síndrome
de Down la hipotonía muscular y la laxitud de
los ligamentos que afecta a su desarrollo motor. Físicamente,
entre las personas con síndrome de Down se suele
dar cierta torpeza motora, tanto gruesa (brazos y piernas)
como fina (coordinación ojo-mano). Presentan
lentitud en sus realizaciones motrices y mala coordinación
en muchos casos.
Es aconsejable tener en cuenta estos aspectos para
mejorarlos con un entrenamiento físico adecuado.
Los bebés se han de incorporar lo más
pronto posible en programas de atención temprana,
en los que la fisioterapia debe estar presente. Más
tarde, los niños pueden y deben practicar muy
diversos deportes y actividades físicas, por
supuesto, adaptados a las peculiaridades biológicas
de cada uno de ellos. Caminar y nadar se han mostrado
como dos ejercicios recomendables para la mayor parte
de las personas con síndrome de Down. Es conveniente
estudiar previamente sus características físicas
y de salud y el riesgo que pueda suponer realizar un
determinado ejercicio, por ejemplo en el caso de padecer
inestabilidad atlantoaxoidea. La práctica de
deportes les proporciona la forma física y la
resistencia que precisan para realizar adecuadamente
sus labores cotidianas y les ayuda a mejorar su estado
de salud y a controlar su tendencia al sobrepeso. Respecto
a este último aspecto, precisan una ingesta calórica
menor que otros niños de su mismo peso y estatura,
debido a la disminución de su metabolismo basal.
Atención
En el síndrome de Down existen alteraciones
en los mecanismos cerebrales que intervienen a la hora
de cambiar de objeto de atención. Por ello suelen
tener dificultad para mantener la atención durante
periodos de tiempo prolongados y facilidad para la distracción
frente a estímulos diversos y novedosos. Parece
que predominan las influencias externas sobre la actividad
interna, reflexiva y ejecutora, junto a una menor capacidad
para poner en juego mecanismos de autoinhibición.
La atención es una capacidad que requiere un
entrenamiento específico para ser mejorada. Es
conveniente presentar actividades variadas y amenas
que favorezcan el que consigan mantenerla en aquello
que están haciendo. En el caso de niños
con síndrome de Down en etapa escolar es imprescindible
programar ejercicios para que aumenten el periodo de
atención poco a poco, primero un minuto, luego
dos y así sucesivamente, o realizar varias actividades
de corta duración en lugar de una actividad larga.
En el trabajo con ellos, son muy buenas estrategias
las siguientes: mirarles atentamente cuando se les habla,
comprobar que atienden, eliminar estímulos distractores,
presentarles los estímulos de uno en uno y evitar
enviarles diferentes mensajes al mismo tiempo. Por otro
lado, en ocasiones se interpreta como falta de atención
la demora en dar una respuesta, algo que en ellos es
habitual porque el tiempo que tardan en procesar la
información y responder a ella es más
largo.
Percepción
Numerosos autores confirman que los bebés y
niños con síndrome de Down procesan mejor
la información visual que la auditiva y responden
mejor a aquélla que a ésta. Y es que,
además de la frecuencia con que tienen problemas
de audición, los mecanismos cerebrales de procesamiento
pueden estar alterados. Por otro lado, su umbral de
respuesta general ante estímulos es más
elevado que en la población general, incluido
el umbral más alto de percepción del dolor.
Por ello, si en ocasiones no responden a los requerimientos
de otras personas, puede deberse a que no les han oído
o a que otros estímulos están distrayéndoles.
En ese caso será preciso hablarles más
alto o proporcionarles una estimulación más
intensa.
Se les ha de presentar la estimulación siempre
que sea posible a través de más de un
sentido, de forma multisensorial. Se les proporcionará
la información visualmente o de forma visual
y auditiva al mismo tiempo, e incluso a través
del tacto, permitiéndoles que toquen, manipulen
y manejen los objetos. En el campo educativo el modelado
o aprendizaje por observación, la práctica
de conducta y las actividades con objetos e imágenes
son muy adecuadas. Para favorecer la retención
conviene que las indicaciones verbales que se les den,
vengan acompañadas de imágenes, dibujos,
gestos, modelos e incluso objetos reales.
Aspectos cognitivos
La afectación cerebral propia del síndrome
de Down produce lentitud para procesar y codificar la
información y dificultad para interpretarla,
elaborarla y responder a sus requerimientos tomando
decisiones adecuadas. Por eso les resultan costosos,
en mayor o menor grado, los procesos de conceptualización,
abstracción, generalización y transferencia
de los aprendizajes. También les cuesta planificar
estrategias para resolver problemas y atender a diferentes
variables a la vez. Otros aspectos cognitivos afectados
son la desorientación espacial y temporal y los
problemas con el cálculo aritmético, en
especial el cálculo mental.
Es preciso proporcionarles la información teniendo
en cuenta estas limitaciones. Al dirigirse a una persona
con síndrome de Down es necesario hablar despacio,
utilizando mensajes breves, concisos, directos y sin
doble sentido. Si la primera vez no nos han entendido,
se les han de dar las indicaciones de otra forma, buscando
expresiones más sencillas o distintas. Se les
ha de explicar hasta las cosas más evidentes,
no dando por supuesto que saben algo si no nos lo demuestran
haciéndolo. Y se ha de prever en su formación
la generalización y mantenimiento de las conductas,
ya que lo que aprenden en un contexto, no lo generalizan
automáticamente a otras circunstancias. Se ha
de utilizar, en fin, mucho entrenamiento práctico,
en situaciones diferentes y trabajar desde lo concreto
para llegar a la abstracción y la generalización.
Por último, debemos mencionar dos peculiaridades
que pueden confundir a quien no esté acostumbrado
a relacionarse con personas con síndrome de Down.
En ocasiones sorprenden porque se muestran incapaces
de realizar determinada actividad cuando pueden hacer
otra aparentemente más compleja. Además,
tienen dificultad para entender las ironías y
los chistes, tan frecuentes en las interacciones cotidianas.
Suelen tomarlos al pie de la letra y por ello en ocasiones
responden a ellos con una seriedad insólita.
Inteligencia
Independientemente de otras características
psicológicas, el síndrome de Down siempre
se acompaña de deficiencia intelectual. Pero
el grado de deficiencia, como ya se ha indicado, no
se correlaciona con otros rasgos fenotípicos.
La afectación puede ser muy distinta en cada
uno de los órganos, por lo que no se puede determinar
el nivel intelectual por la presencia de ciertos rasgos
fenotípicos visibles, ni siquiera por la incomprensibilidad
de su lenguaje.
La mayoría de las personas con síndrome
de Down alcanzan en las pruebas para medir la inteligencia
un nivel intelectual de deficiencia ligera o moderada.
El resto se mueve en los extremos de estas puntuaciones,
con una minoría con capacidad intelectual límite
(habitualmente son personas con mosaicismo) y otra minoría
con deficiencia severa o profunda, producida por lo
general por una patología asociada o un ambiente
poco estimulante. En épocas anteriores se les
consideraba con sujetos con deficiencia mental grave
o profundo o, como mucho, “entrenables”
pero “no educables”. Esta calificación
les llevó a ser ingresados en instituciones para
enfermos mentales o deficientes graves. En el mejor
de los casos eran “entrenados” en niveles
elementales de autonomía, como el aseo, el vestido
o la comida independiente. Salvo raras excepciones nadie
les preparaba para tareas académicas. Afortunadamente,
la labor de muchos padres y profesionales que han creído
en ellos y su propio esfuerzo, han permitido demostrar
lo que son capaces de hacer, incluso en el campo académico.
En la actualidad un alto porcentaje de niños
con síndrome de Down puede llegar a leer de forma
comprensiva si se utilizan programas educativos adecuados,
y alcanzar niveles de formación más elevados.
La mayoría se maneja en el terreno de la inteligencia
concreta, por lo que la diferencia intelectual se nota
más en la adolescencia, cuando otros jóvenes
de su edad pasan a la fase del pensamiento formal abstracto.
Por otro lado, en los tests estandarizados para medir
la inteligencia obtienen mejores resultados en las pruebas
manipulativas que en las verbales, lo que les penaliza
como grupo, dadas las dificultades que tienen en el
ámbito lingüístico y el alto contenido
verbal que suelen incluir estas escalas. Respecto a
los tests de inteligencia (Ruiz, 2001), es preferible
hablar de edades mentales antes que de C.I., al objeto
de poder recoger las mejoras que se producen en su capacidad
intelectual con entrenamiento apropiado, incluso en
la etapa adulta.
El trato diario con las personas con síndrome
de Down y el ritmo habitual de la vida cotidiana pueden
hacer que, en ocasiones, los demás olviden que
tienen deficiencia mental. Sin embargo necesitan que
se tenga en cuenta esta peculiaridad. Se les ha de hablar
más despacio (no más alto), si no entienden
las instrucciones habrán de repetirse con otros
términos diferentes y más sencillos. Precisan
más tiempo que otros para responder, por lo que
hay que esperar los segundos que necesiten. Además,
les costará entender varias instrucciones dadas
de forma secuencial, les va a resultar difícil
generalizar lo que aprenden, aplicándolo en circunstancias
distintas a las de adquisición y van a ser poco
flexibles en sus actuaciones.
Por último, conviene destacar el aumento en
más de 20 puntos de la media del C.I. de las
personas con síndrome de Down producido en los
últimos 25 años, que es posiblemente uno
de los mayores logros educativos alcanzados en el último
tramo del siglo pasado, equiparable a la mejora de su
esperanza de vida en 20 años, en el mismo periodo
de tiempo. Estos datos han mostrado cómo el progreso
en las condiciones sanitarias unido a una intervención
educativa apropiada han originado unos resultados inimaginables
hace unos años.
Memoria
Las personas con síndrome de Down tienen dificultades
para retener información, tanto por limitaciones
al recibirla y procesarla (memoria a corto plazo) como
al consolidarla y recuperarla (memoria a largo plazo).
Sin embargo, tienen la memoria procedimental y operativa,
bien desarrollada, por lo que pueden realizar tareas
secuenciadas con precisión. Presentan importantes
carencias con la memoria explícita o declarativa
de ahí que puedan realizar conductas complejas
que son incapaces de explicar o describir. Por otro
lado, les cuesta seguir más de tres instrucciones
dadas en orden secuencial.
Su capacidad de captación y retención
de información visual es mayor que la auditiva.
La mayoría es capaz de repetir entre 3 y 4 dígitos
tras escucharlos y, sin embargo, con ítems visuales
el margen de retención se mueve entre 3 y 5 elementos.
Su mayor limitación respecto a la memoria estriba
en que no saben utilizar o desarrollar estrategias espontáneas
para mejorar su capacidad memorística, probablemente
por falta de adiestramiento. Por ello es recomendable
realizar un entrenamiento sistemático desde la
etapa infantil, que puede incluir recoger recados e
instrucciones, coger el teléfono o contar lo
que han hecho en casa y en el colegio. También
son de gran utilidad los ejercicios de memoria visual
y auditiva a corto y largo plazo, el estudio sistemático
o las lecturas comprensivas y memorísticas y
enseñarles estrategias como la subvocalización
o la agrupación de objetos por categorías
para retener la información.
Lenguaje
En el síndrome de Down se da una conjunción
compleja de alteraciones que hacen que el nivel lingüístico
vaya claramente por detrás de la capacidad social
y de la inteligencia general. Con respecto a otras formas
de discapacidad intelectual, las personas con síndrome
de Down se encuentra más desfavorecidas en este
terreno. Presentan un retraso significativo en la emergencia
del lenguaje y de las habilidades lingüísticas,
aunque con una gran variabilidad de unas personas a
otras.
Les resulta trabajoso dar respuestas verbales, dando
mejor respuestas motoras, por lo que es más fácil
para ellas hacer que explicar lo que hacen o lo que
deben hacer. Presentan también dificultades para
captar la información hablada, pero se ha de
destacar que tienen mejor nivel de lenguaje comprensivo
que expresivo, siendo la diferencia entre uno y otro
especialmente significativa. Les cuesta transmitir sus
ideas y en muchos casos saben qué decir pero
no encuentran cómo decirlo. De ahí que
se apoyen en gestos y onomatopeyas cuando no son comprendidos
e incluso dejen de demandar la ayuda que precisan cansados
por no hacerse entender. Sus dificultades de índole
pragmática conllevan con frecuencia respuestas
estereotipadas como “no sé”, “no
me acuerdo”, etc.
La labor del entorno familiar, ecológico, en
el desarrollo del lenguaje desde las primeras edades
es fundamental. En la etapa escolar, es recomendable
que el lenguaje sea trabajado individualmente por parte
de especialistas en audición y lenguaje, por
ser un campo en el que casi todos los alumnos con síndrome
de Down tienen carencias. Algunos objetivos son: mejorar
su pronunciación y articulación haciéndolas
más comprensibles, aumentar la longitud de sus
frases, enriquecer su vocabulario o favorecer la comunicación
espontánea. El ordenador puede ser un instrumento
muy útil para alcanzar estas metas. Por otro
lado, en la clase es conveniente utilizar lo menos posible
exposiciones orales y largas explicaciones, ya que esta
metodología didáctica no favorece el aprendizaje
de los alumnos con síndrome de Down.
Esencialmente se aprende a hablar hablando, por lo
que en el trato cotidiano, hablarles y escucharles son
las mejores estrategias, intentando frenar la tendencia
a corregirles insistentemente. Se ha comprobado que
la lectura y la escritura favorecen mucho el desarrollo
de su lenguaje, por lo que se recomienda su introducción
en edades tempranas.
Sociabilidad
Aunque tradicionalmente se consideraba a las personas
con síndrome de Down muy “cariñosas”,
lo cierto es que, sin una intervención sistemática,
su nivel de interacción social espontánea
es bajo. Sin embargo en conjunto alcanzan un buen grado
de adaptación social, y ofrecen una imagen social
más favorable que personas con otras deficiencias.
Suelen mostrarse colaboradores y ser afables, afectuosos
y sociables. Por ello, la inmensa mayoría de
los niños pequeños con síndrome
de Down pueden incorporarse sin ninguna dificultad a
los centros de integración escolar y se benefician
y benefician a sus compañeros al entrar en ellos.
En su juventud, si se ha llevado a cabo un entrenamiento
sistemático, llegan a participar con normalidad
en actos sociales y recreativos (cine, teatro, acontecimientos
deportivos), utilizar los transportes urbanos, desplazarse
por la ciudad, usar el teléfono público
y comprar en establecimientos, todo ello de forma autónoma.
En los niños suele darse una gran dependencia
de los adultos, algo que se manifiesta tanto en el colegio
como en el hogar. Además prefieren habitualmente
jugar con niños de menor edad, conducta que suele
ser una constante entre personas con discapacidad intelectual.
Por otro lado, se dan en ocasiones problemas de aislamiento
en situación de hipotética integración,
en muy diversos entornos, debido a las condiciones ambientales
o a sus propias carencias. A veces están solos
porque así lo eligen, ya que les cuesta seguir
la enorme cantidad de estímulos que presenta
el entorno y porque los demás se van cansando
de animarles y de favorecer su participación.
En clase, en ocasiones, muchos cambios de situación
o de actividad los realizan por imitación de
otros niños y no por auténtica comprensión
o interiorización de lo propuesto por el profesor.
En el terreno social se les ha de favorecer el contacto
con otras personas, promoviendo que participen en actividades
de grupo y que intervengan en todo tipo de actividades,
como en juegos y deportes. Los programas de entrenamiento
en habilidades sociales pueden ser aplicados con éxito
con personas con síndrome de Down desde edades
tempranas, alcanzándose resultados observables
en poco tiempo. Estos programas tienen un efecto añadido
de concienciación y cambio de actitudes. Por
un lado la familia se decide a permitirles hacer cosas
que ni se habían planteado que pudieran llevar
a cabo; por otro, se les saca a la calle y se hace más
“normal”, por frecuente, su participación
en actos sociales comunes y generales. La integración
social plena de las personas con síndrome de
Down se ha de entender como un proceso de doble dirección:
preparando al discapacitado para su acceso a la sociedad
y concienciando a la sociedad de la necesidad de acoger
a todo tipo de personas, aceptando sus diferencias.
Su comportamiento social en general suele ser apropiado
en la mayor parte de los entornos si se han establecido
claramente las normas de actuación. Cuando aparecen
conductas inadecuadas, una pronta intervención,
sistemáticamente programada y coordinada entre
todos los implicados en su educación, da resultados
en escaso margen de tiempo. En casos aislados, existe
la posibilidad de agresión u otras formas de
llamar la atención si no se le proporcionan otros
medios de interacción social más apropiados.
Se ha observado, que a medida que mejoran sus competencias
lingüísticas, suelen reducirse sus comportamientos
disfuncionales y que al ir alcanzando un adecuado nivel
lector y aficionarse a la lectura, disminuyen las conductas
autoestimulantes y estereotipadas. El control conductual
externo, que a través de la práctica se
irá interiorizando, y la participación
en todo tipo de actividades sociales en el entorno real
de la persona con síndrome de Down, son algunas
actuaciones recomendables. La familia tiene una responsabilidad
ineludible, con mucho que aportar en este terreno.
En el ámbito social lo más importante
es la normalización, es decir, un trato semejante
a los demás, en derechos y exigencias. Tanto
la protección excesiva como la dejadez y el abandono
son actuaciones negativas para ellos. Es fundamental
el establecimiento de normas claras, de forma que sepan
en todo momento lo que deben y no deben hacer. Los límites
sociales bien definidos les proporcionan tranquilidad,
seguridad y confianza.
Reflexión final
Una descripción de las principales características
psicológicas de las personas con síndrome
de Down realizada hace 30 años recogería
peculiaridades como “sobrepeso”, “nula
relación social”, “analfabetismo”
y “deficiencia mental severa o profunda”.
En la presentación actual se muestra cómo
estas limitaciones han sido superadas. Y ello es debido
a que estas características no son estables,
dado que se produce una interrelación constante
entre condiciones ambientales y sustrato genético.
La intervención ambiental produce mejoras observables
incluso en una discapacidad con una carga genética
tan substancial como es el síndrome de Down.
El tono muscular, el nivel intelectual, la memoria o
el lenguaje son campos en los que se han producido avances
impensables hace algunos años. En esa línea
se ha de seguir, con el convencimiento corroborado por
los hechos de que la intervención educativa bien
programada y sistemáticamente realizada produce
resultados y es eficaz.
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